La profesora del pueblo relato erotico xxx


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La profesora del pueblo

Categoría: Confesiones Comentarios: 0 Visto: 74419 veces

Ajustar texto: + - Publicado el 20/10/2016, por: anon

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Me llamo Rosa y soy maestra. Bueno, después de varios años como interina, por fin he sacado este año las oposiciones. La historia que os voy a contar me ocurrió el último año de interinidad. Me mandaron los últimos meses del curso a sustituir a un compañero en un pueblecito de unos tres mil habitantes. Para mí fue un choque muy grande porque yo soy de Madrid y tuve que irme a Soria, una provincia muy despoblada.

Las clases me iban muy bien excepto una de ellas. Había un chico que tenía dos años más que los demás que era un chico imposible. Tenía 18 años recién cumplidos y era difícil de verdad. Todos los profesores estaban de acuerdo conmigo pero nadie quería tomar cartas en el asunto.

Me explicaron que pertenecía a una familia difícil. Tenían aquello como con mucho misterio. Me dijeron que en realidad no estaba con su familia. Que le cuidaba una cuñada. En fin, nadie hablaba claro.

Un día el chico se puso más impertinente de la cuenta y después de darle una regañina que le escurrió, me propuse hablar con el director. El director me dijo que lo había intentado todo con el chico y me dijo que estaba pasando por un mal momento, que le diera otra oportunidad y tuviera paciencia.

Me propuse entonces hablar con la mujer con la que estaba viviendo. El director me había dicho que en realidad no era su cuñada, pues ella y su hermano sólo vivían juntos. El hermano se había largado hacía unos años y la había dejado plantada y con la carga del muchacho, que también estaba pasando lo suyo.

La verdad es que después de aquello, empecé a comprender gran parte de la actitud de Juan, que es como el chico se llamaba. Le dije, de todas formas, que quería hablar con Leticia, que era como se llamaba su cuñada o la que fuera.

El niño no transmitió mis deseos a Leticia, así que un día que la mujer venía a recoger al chico, lo que no hacía todos los días, me acerqué a ella y me presenté. – Hola, soy Rosa, la profesora de Ciencias Naturales de Juan. ¿Podrías dedicarme un momento?.-

Leticia era una criatura bellísima. De pelo castaño claro y rizado y ojos verdes. Tan alta como yo, es decir, 165 cm más o menos. Tenía unos veinte años y me habían dicho que echaba horas en las casas limpiando. Tenía un tipo muy bonito, pues tenía 22 años. Aparentemente tenía un tipo muy femenino y bonito y pude fijarme en que a pesar del trabajo de las casas, tenía unas manos bien cuidadas, y toda ella era muy femenina. -Es que le quiero comentar algunas cosillas de Juan.-

La cara de Leticia cambió. Estaba, al parecer, acostumbrada a los rapapolvos por causa de Juan. Juan quería escuchar la conversación y a mí no me parecía bien. Le propuse meternos en el aula. Tengo que decirles una cosa antes de nada. Soy Bisexual. Me van las dos cosas. Por eso comencé nada ver a Leticia a desear morder esa manzana. Al verla de aquella manera, preocupada y hermosa, mis deseos sobre ella se despertaron. Su aspecto me hacía sentirme fuerte y protectora. Me hacía pensar, “No te preocupes, que yo te protegeré de todos tus temores”. En fin conseguí arrancarle el compromiso de que hablaría seriamente con Juan, pero me anticipó que no serviría de nada.

Por el camino los veía alejarse. Leticia no dejaba de llamar a Juan y pedirle que la siguiera, pues Juan se hacía el remolón y tenía una actitud impropiamente infantil. Juan era como media cabeza más bajo que Leticia. Tenía un cuerpo que empezaba a desarrollarse como hombre. Al lado de sus compañeros parecía un tío hecho y derecho, pero la barba y el bigote eran todavía pelusa y estaba muy delgaducho.

Bueno, tengo que decir ahora que yo soy una chica morena, y delgada. Estoy realmente muy delgada. Apenas si tengo pechos, pues son pequeñitos pero mis pezones se ponen muy tiesos y puntiagudos, así que más de uno me ha dicho que las tengo guerrilleras. Lo que si parece que les gusta a todos es mi culito, pues dicen que es grande pero firme. Mido 167 cm, un poco más que Leticia.

Juan, efectivamente, estuvo en un plan más formal durante un par de días, al cabo de los cuales siguió con el mismo pasotismo y desidia, faltando cuando le daba la gana. Un día me tuvo una respuesta que causó la hilaridad de todos los alumnos y como era una falta de respeto muy evidente, llamé a Leticia por teléfono. La verdad es que me moría por volverla a ver.

Leticia vino esa misma mañana a hablar conmigo. Esperé con impaciencia su llegada y la verdad es que me angustiaba sólo con pensar que podía decidir venir al día siguiente. Efectivamente, se presentó delante de la clase incluso antes de que los chicos hubieran salido de clase. Al vernos las dos sonreímos. Ella sonrió sinceramente, pero mi sonrisa, en cambio, era una sonrisa forzada y nerviosa.

Comencé a exponerle un repertorio de quejas a cerca de Juan, que si Juan por aquí, que si Juan por allí. Su cara me iba transmitiendo su sensación de agobio. Al final, comenzó a gimotear. Francamente, no esperaba provocar en ella tal malestar. -Perdona- Me disculpé- No quería agobiarte de esta manera. Tampoco es para tanto.-

Leticia se sinceró. -No, disculpe Usted. Es que estoy pasando muy malos momentos, y este niño no me ayuda en nada.- Leticia me contó como el hermano del niño la había abandonado y ella no podía, al fin y al cabo, separarse del muchacho, que en estos momentos deambulaba por el patio. Me enternecí tremendamente al verla llorar. -No llores, mujer no llores, verás como todo se alegra.-Buscaba calmar su tristeza acariciándola del brazo y cogiéndola de la mano. Era un movimiento involuntario. Quizás pueda parecer sospechoso. Yo confieso que no pretendía nada en ese momento.

-Para colmo, este mes me viene fatal, unas de las casas a las que voy a limpiar se me queda vacía, pues los señores se van a otro pueblo.- Intenté tranquilizarla. Cada vez estaba más cercana a ella. -Bueno, chica. Ya te saldrá otra cosilla .-

En fin. La miraba fijamente y la tentación era cada vez mayor. El aula estaba vacía y no había nadie en el pasillo del colegio. La cogí con ambas manos de la cintura y tiernamente me acerqué a ella. No me echó atrás su cara de sorpresa. Mi boca se acercó a la suya. La situación duró sólo unos instantes. Para mí se hicieron deliciosamente eternos, pero ella se separó de mí precipitadamente y salió corriendo. No sirvió de nada que saliera detrás de ella y la llamara. – Leticia, Leticia, lo siento -.

Me avergoncé de haberme aprovechado de la debilidad del momento de Leticia. La vi alejarse agarrando a Juan de la mano y la escuchaba decirle – Como tenga que venir a hablar con la Señorita Rosa, te juro que te acuerdas de mí- La verdad es que Juan ya no era un niño, y quizás Leticia debería de haberse dado cuenta de ello.

Pasé unos días meditando y la verdad es me arrepentía de lo que sucedió. Por eso me sorprendió mucho ver a Leticia, que me parecía cada vez más hermosa, acercarse a la ventanuca de la puerta e indicarme que quería hablar conmigo. Se acercó a mí al finalizar la clase y me pidió disculpas por haberme dejado plantada ( esto me sorprendió enormemente) y me dijo que me invitaba a tomar café una tarde. Naturalmente acepté su invitación, para esa misma tarde.

Me sorprendió la actitud de Leticia. Había estado distante en el trato, pero sin embargo, me invitaba a su propia casa, sabiendo el peligro de que la volviera a acosar.

Me presenté en la casa a las cinco de la tarde. No vestí de una forma especial. Simplemente unos vaqueros y un suéter ajustado, ligeramente escotado. Me abrió la puerta Juan, que me miró con una cara seria y no de muy buenos amigos. Me pasó a una salita. La casa era una casa de campo pequeña pero bonita rodeada de campo, de dos plazas. La salita era chiquitita pero acogedora. Pronto se presentó Leticia. Me saludó. Tenía una falda cortita que dejaban ver sus rodillas preciosas. Como yo vestía un suéter ajustado. Se asentó y al rato trajo el café con unas pastitas y todo lo demás en una bandeja.

Al principio no sabíamos de qué hablar, así que intenté quitarle hierro a la actitud de Juan.- La verdad es que el chico no es malo, sólo creo que quiere protagonismo, que se siente un poco desplazado- Leticia me interrumpió.- Vamos, Rosa, que conozco a mi “cuñadito”. Es rebelde e infantil. Usted no sabe- ¡Uy!¡Me debo estar haciendo vieja! Por favor Leticia, no me llames de usted.- Sonreímos.

Comenzamos a intimar. Hacía serios esfuerzos por no fijar mi mirada en la apertura que quedaba entre su falda y que dejaban adivinar unos muslos suaves y deliciosos. En breves vistazos veía un triángulo blanquísimo al final de la apertura que se oscurecía en el interior.

Después del café Leticia me invitó a una copita de licor. Nos animamos. Parecía que por un momento nunca había sucedido el momento de la escuela. Tomamos otra copita de licor y comenzamos a bromear. Juan se iba. Leticia le preguntó que a donde. Iba a jugar al fútbol. Leticia me confesó que más de una vez le había dicho que se iba pero que luego lo había descubierto dentro de la casa. La espiaba. Ella tenía la costumbre de ducharse con la puerta abierta, pasearse en ropa interior si estaba sola y más de una vez se lo había encontrado, dándose un susto. Comprobamos que había salido.

Estaba sentada en un sillón frente a Leticia y estaba ya muy animada, así que comencé a desarrollar mi técnica de seducción. Dejé que ella hablara mientras la miraba pícaramente. Me descalcé de un pié y alargué la pierna tocándole las rodillas con el pié. Leticia parecía no darse cuenta. Alargué mas la pierna para que se adentrara poco a poco por la raja de la falda, hacia su triángulo blanco. Leticia guardó silencio y pude escuchar su respiración excitada que se mezclaba con la mía.

De repente echó el culo hacia atrás y yo quité mi pierna rápidamente. Leticia siguió hablando alegremente y comenzó a recoger la mesa. Yo le ayudaba y aprovechaba para rozarme con ella. Ella no se daba por enterada. La acompañé hasta la cocina y me crucé en la puerta de la habitación, con los brazos en cruz. Ella intentaba dilatar su obligatorio paso por la puerta y se puso a limpiar las tazas. Al final se precipitó a salir y nos encontramos cara a cara. Sonreí pícaramente. Ella se escabulló y volvimos a la salita.

De nuevo comencé a tocarle la rodilla con mi pie desnudo y a sentir la suavidad y el calor del interior de sus muslos. Leticia dudaba. Volvía a guardar silencio y a acelerarse su respiración. Se echó hacia detrás de nuevo, pero esta vez, mi pié, en lugar de retroceder, avanzó. Ella estaba inmovilizada contra el respaldo del sillón y mi pié, que se hincaba con toda la planta en su sexo. Percibía en la planta de mi pié el calor de su sexo y la suave telas de sus bragas. -¿Qué haces? – Me dijo con una voz que no podía disimular su excitación.

No le contesté. Sabía muy bien lo que esa pregunta significaba. Comencé a jugar con mi pié entre sus piernas. Me afanaba en introducir el dedo gordo por dentro de sus bragas y no tardé en conseguirlo. Toqué pelo, utilizando una expresión del argot taurino. Era un pelo fuerte pero suave y pude adivinar una humedad deliciosa. Restregué mi pié a lo largo de su sexo. Leticia pretendía disimular su orgasmo, reprimir su placer, pero yo estaba empeñada en hacer que se corriera. La veía agitarse en un mar de contradicciones. Sus manos se agarraban tensas a ambos brazos del sillón. Al final, echó su cabeza para atrás y comenzó a gemir de placer y a balancearse rítmicamente contra mi pié.

Mantuve mi pié contra ella hasta después que se corriera, pero ella se levantó con la excusa de ir a ver si la lavadora había finalizado su trabajo. La perseguí. Siguió, a pesar de todo, manteniendo una actitud amablemente esquiva.

Por favor- Me dijo ya al fin.- No me agobies. Dame tiempo para pensar.- La besé con pasión en sus labios, que me recibieron receptivos pero sin poner nada de su parte y me fui de la casa, no sin antes volver la mirada y verla, con la falda descolocada y mirándome como si hubiera sido fuera un muchacho que le hubiera robado su primer beso.

Cuando salía, vi venir a Juan, sudoroso y con una magulladura en la rodilla. Le pregunté que le había pasado .- Nada, cosas del fútbol.- Me dijo serio pero amable, cosa extraña en él.

Pasaron unos días y me moría de ansiedad por saber de Leticia, por tener contactos con ella. Bueno, necesitaba de ella. Ella ni aparecía por el colegio, así que me presenté un buen día en su casa. Me abrió la puerta y me recibió en el hall. La verdad es que no puedo achacarlo a una descortesía, sino que es que acababa de despertarse de la siesta. Bueno, yo lo tenía todo muy bien planeado. Le propuse que viniera un par de días a la semana a limpiar mi casa. Aceptó. Sabía que no podía rechazar mi ofrecimiento. Le dejé una copia de las llaves del piso para que pudiera ir cuando yo no estuviera y así no molestarnos mutuamente. Me lo agradeció mucho, tanto que cuando ya pensaba que ella había decidido sobre lo nuestro y lo había hecho negativamente, me invitó a tomar café.

Ahora sí me pasó a la salita. Llevaba puesta una simple bata, debajo de la cual debía tener la ropa interior. Me preguntó sobre Juan.-¿No está por aquí? – No – me respondió. -Ha cambiado bastante de actitud. Por lo menos no me molesta tanto y a veces incluso le pillo atendiéndome.-

Leticia quería decirme algo Le costó arrancarse, pero al final lo soltó. -El otro día le pillé masturbándose. Me pareció que se avergonzaba. Pero al día siguiente me miraba como con desdén. Como muy superior.- Leticia, tienes que darte cuenta de que es ya un hombrecito.- Sí. Lo sé, lo sé.-

Nos tomamos el café. Era cierto que Juan me prestaba más atención. Sí. Una vez le pillé mirándome fijamente el pecho y otras, cuando estaba sentada en la silla, miraba por debajo de la mesa. Me miraba el conejo. Cerró las piernas de golpe y puso cara de contradicción.

Estábamos las dos en la cocina y me acerqué por detrás de ella mientras lavaba las tazas, saqué un brazo por un lado de su cintura y el otro por el otro y le susurré al oído -¿Te ayudo?- Mi sexo se arrimaba a su trasero hasta estar en contacto pleno. Comencé a besarle el cuello. Ella estaba quieta. Mis manos intentaban coger una taza para lavarla y así justificarme. Como no encontraba taza, le comencé a desabrochar la bata. Pronto mis manos estuvieron en contacto con sus muslos. Leticia se dio de vuelta inesperadamente. Me separé de ella -¡Mira lo que me has hecho!- El agua había salpicado la bata hasta dejarla empapada. Las dos reímos como tontas.

La agarré de la mano y me la llevé con decisión a la salida. Ella venía conmigo a remolque. La senté en el sillón y me puse de rodillas delante de ella, entre sus piernas. Le desabroché la bata de un tirón y me atraje a Leticia hacia mí, agarrándola de la cintura y clavando mi mano en sus nalgas. Su pecho blanco, con un pezón rosa que difuminaba sus bordes, estaba delante mía como una tentación. Mi boca fue directamente a su pezón, a mamar de ella. Sentí la mano de Leticia sobre mi hombro y sentí cómo con la otra mano me acariciaba el pelo e incluso me besaba la cabeza.

Mordí tiernamente con los labios la punta de aquel pezón que se hinchaba y miré a Leticia a los ojos. Intercambiamos una mirada fugaz. Leticia me miraba excitada. Comencé entonces a introducir mi mano por una de las apertura de sus bragas. Concretamente por donde metía la pierna derecha. Aparté la tela de sus ingles mientras me afanaba en jugar con sus pezones en mis labios. Leticia no quería quedarse al margen y introdujo su mano dentro de mi escote, entre el sujetador y mi pecho. Me pellizcó el pezón tiernamente con la palma de la mano. Sentía cómo se humedecía su sexo y cómo se humedecía el mío.

Leticia comenzó a presionarme la cabeza para llevármela hasta su sexo, que acariciaba yo con la máxima maldad, esperando llevarla lo más rápidamente posible al clímax. En la trayectoria descendente de mi boca tropecé con la hendidura de su ombligo. Metí mi lengua a fondo hasta encontrar la dureza de su garbanzo al final del gracioso agujero. Leticia me subió del suéter y desabrochó mi sostén agarrándome mis pechos y sobándomelos con suavidad.

Mi boca encontró pronto su ingle y me puse a lamerle la parte del muslo más cercana de su sexo, y en especial, un tendón que pasa por esa zona. Lo mordisqueé clavando mis dientes sin mucha presión, pero suficiente para dejar unas marquitas coloradas que se correspondían con mis dientes. Leticia me pellizcaba de nuevo, esta vez, ambos pezones.

Aparté sus bragas todo lo que podía y acerqué mi boca a su sexo. Sus braguitas estaban perfumadas. Separé con mis dedos sus labios abultados y descubrí su clítoris rosado y excitado, que lamí ásperamente. Leticia hacía un esfuerzo por doblar su cintura y abrir sus piernas para ofrecerme todo su sexo húmedo. Coloqué mis manos sobre cada muslo, de manera que su sexo quedaba entre ellas y separé con los dedos de ambas sus labios. Su sexo quedaba abierto y mi boca hacía diabluras en él. Tan pronto lo lamía en toda su extensión, que la sacaba en forma de pequeño falo y me dedicaba a presionar con ella en el clítoris e intentaba penetrarla.

Hacía tiempo que había dejado de sentir las manos de Leticia sobre mi pecho, alcé la mirada y las vi pellizcándose ella misma sus pezones. No pudo resistir por mucho tiempo esa situación. Mi cara se llenó de flujo mientras intentaba en vano seguir follándomela con la lengua, pues Leticia se movía de tal forma que era imposible dar en el blanco.

Estaba muy excitada, así que pensé que ahora me tocaba a mí disfrutar. Me puse de pié y me bajé los pantalones. Leticia se puso rápidamente de rodillas y comenzó a besarme la cintura. Me bajé las bragas y comenzó a jugar con sus dedos, liándolos en los rizos de mi monte de Venus. Me senté en mi sillón y la agarré del pelo fuertemente, obligándola a colocar su boca justo sobre mi sexo.

Su boca inexperta me lamía sin saber a ciencia cierta por dónde debía dirigirse, así que me separé los labios del sexo para indicarle el botoncito que tenía que mimar para provocar mi placer. De pronto vi una sombra en la ventana. Era Juan que estaba asomado y observaba boquiabierto la escena. Le sonreí. Me satisfacía que me viera así. Me vengaba de esa forma de todos los disgustos ocasionados en semanas anteriores

Volví a apretar la cara de Leticia con más fuerza entre mis piernas, para que no se diera cuenta de que Juan nos observaba y para acelerar la llegada de mi orgasmo y asegurarme de su fuerza, pues lo sentía venir como el paso de un tren por una vía que transcurre a un metro de una. Leticia se abrazó a mí y así estuvimos un rato, al cabo del cual, Juan se atrevió a llamar al timbre. Entonces todo fueron prisas por vestirnos e intentar disimular lo que había pasado, inútilmente.

Desde ese día, la actitud de Juan no pudo ser peor. Tenía auténtico odio hacia mí, y a Leticia la trataba, como luego me confesó con sumo desprecio. Se hacía necesario que hablara con él, así que un día que los chicos salían del recreo le cogí por banda y me lo llevé a una clase.

-Juan, explícame cuál es tu actitud – Le dije seriamente. -¿Qué actitud?- La que tú tienes en clase.- Yo en clase estoy normal- Me dijo despectivamente y un poco colérico. Le solté una retahila de desagravios a lo que él me respondía maldisimulando una sonrisa maliciosa, pero al final me soltó algo que me dejó de piedra. _Usted lo que tiene es que le revienta que yo viva con Leticia, y que sepa usted que Leticia es mía, me entiende, ¡Es mía!-

Los dos quedamos callados y luego le respondí para herirle.- Bueno, pues ya pudiste ver la otra tarde lo tuya que es. Te apuesto a que si quiero me la vuelvo a tirar y me la vuelvo a tirar las veces que quiero.- Juan estaba visiblemente enfadado. -¡Sois un par de guarras y lo va a saber todo el pueblo! -. Esto no me interesaba ni a mí ni a Leticia ni a Juan, así que me tuve que apear del burro y tomé un tono más conciliador.

-Mira, Juan. Yo aquí me voy a quedar un mes más hasta que acabe el curso, y luego me voy, ¿Entiendes?. Yo puedo ayudarte a conseguir que Leticia sea tuya.- Juan me miraba sorprendido y me preguntó.-¿Cómo?.

-Leticia necesita un hombre a su lado…Bueno… Tú eres ya un hombrecito y creo que puedes darle lo que ella quiere, pero dime… ¿Tú sabes tratar a una mujer? ¿Has hecho el amor alguna vez? ¿La has masturbado o has dejado que ella te masturbe?…¡No!. Lo que yo te ofrezco es muy sencillo. Yo te enseño lo que tienes que hacer y luego te la tiras cuando yo me vaya.-

Aquello era lo mismo que decirle: Si te callas, tú y yo nos vamos a la cama. Juan aceptó encantado, pues creo que yo era su tercer amor, después de Leticia y una chica de la clase. Como no me fiaba del chico y aprovechando que todos estaban en el recreo, le eché mano a la bragueta. Al muchacho empezó a ponérsele la minga tiesa, así que le bajé la bragueta. El chico estaba como un poco asustado, así que le calmé diciéndole palabras tranquilizadoras. Le bajé los calzoncillos y le cogí la minga, ya de un tamaño considerable.

Sentí en la palma de mi mano la suave piel de su prepucio caliente y comencé a manosearla suave y sensualmente. Juan estaba un poco avergonzado y no se atrevía ni a tocarme, así que le puse la cabeza contra mi hombro y empecé a sentir su boca en mi cuello, besándome tiernamente y después, me agarró con ambas manos de la cintura, mientras yo me dedicaba a frotar mi mano contra su picha que estaba ya a punto de estallar. Veía una gotita de néctar en la punta de su glande y aquello cada vez se ponía más terso y Juan, más cariñoso. Sentí como posaba una de sus manos sobre mi pecho, sin atreverse a introducirla en el suéter.

Juan no tardó mucho en derramar su semen por el suelo del aula. Se quedó un ratito así, sobre mí hombro, hasta que le animé a salir al patio. Pude ver a los compañeros dirigirse a Juan, seguramente para preguntarle si le había regañado y qué le había dicho. Juan se encogía de hombros. Limpié el suelo como pude y me dirigí a la sala de profesores.

Esa misma semana llegué a mi casa antes de lo previsto. Me di cuenta que una mujer canturreaba en la casa. Después de reflexionar un segundo caí en la cuenta que era Leticia, que había ido a limpiar la casa. Nos saludamos. Le dije que iba a aprovechar para pagarle los días que había venido ya a limpiarme.

Acabó de limpiar moviéndose graciosamente mientras yo la observaba extasiada. El cuerpo se me electrizaba cada vez que se ponía a menos de un metro de distancia. Al final me dijo que ya había finalizado. Yo, por querer ser tan hospitalaria como ella había sido conmigo le ofrecí una cerveza y una tapa. Leticia me la aceptó y hablamos como siempre de Juan, aunque el peso de lo sucedido en su casa el día antes era evidente. La miraba maliciosamente, y ella me miraba como sin darse cuenta. Al final puse el dinero sobre la mesa, cuando tras preguntarle cuanto era me dijo la cantidad.

-Pero… Aún te falta hacer algo- Le dije mirándole fijamente a los ojos.- ¿El qué?- Me contestó como una niña con cara de susto.- La cogí de la mano y la llevé a mi dormitorio y tras tirar de la manta y la sábana hacia abajo le dije: -La cama- .

La agarré de la cintura y nos fundimos en un beso. Nos miramos un instante y volvimos a fundirnos en un beso apasionado. -Desnúdate – Le ordené. Comenzó a bajarse el pantalón vaquero, tras descalzarse. Yo me quité primero el suéter.

-Has cometido un error de orden – Le dije tras meterle la mano entre las piernas y rascar con mi dedo la tela de las bragas que se interponía entre mí y su sexo. Leticia me bajó los tirantes del sostén hasta descubrir mis senos y tras agarrármelos con firmeza me susurró al oído: -No del todo-.

Nos abrazamos hasta sentir en nuestra faz el mutuo aliento y volvimos a besarnos mientras nos acariciamos. -Será mejor que acabemos- dije con la voz entrecortada. La cara de Leticia tomó un aspecto triste. No lo entendí hasta que caí en la cuenta del equívoco.- Que acabemos de desnudarnos, quiero decir.- Su cara se volvió a iluminar.

Leticia se deshizo del suéter y yo me estaba bajando los vaqueros, cuando al ver su torso sólo cubierto con el sostén me abalancé sobre ella y caímos en la cama, yo encima de ella. Rodamos por ella, mientras nos enfrascamos en una caliente batalla por colocarnos una sobre la otra. Tras conseguir deshacerme de los vaqueros, la agarré de las manos, me senté sobre su vientre y la besé de nuevo largamente en la boca que me recibía hospitalariamente. Le bajé con los labios los tirantes del sostén y nuestros pechos quedaron juntos unos contra otros. Comencé a bajar sobre el cuerpo de Leticia, primero deteniéndome en sus senos, mientras comencé a acariciarle su sexo.

Leticia se entretenía acariciando mis senos. Introduje mi mano en sus bragas y comencé a acariciarle el sexo. Después, le bajé las bragas y mi boca continuó mi camino descendente hasta su sexo. Comencé a chupar su clítoris que me desafiaba entre sus piernas abiertas. Yo misma introduje mi mano en mis bragas para pellizcarme mi botoncito y meterme el dedo en mi chochito mojado. Después comencé a follarnos a las dos. Yo me follaba a mí misma con una mano, y yo la follaba a ella con la otra mano, ayudada por ella, que me animaba a proseguir susurrándome -Fóllame, fóllame – mientras se separaba los labios ella misma.

Me quité las bragas como pude, sin dejar mi tarea y me fui escorando, buscando una posición spín. Es decir, que tuviera la misma dirección pero distinto sentido. Poco a poco sentí en mi muslo los besos de su boca y entonces, cuidadosamente, dejé su cara entre mis muslos, y luego, crucé las piernas por detrás de su cabeza.

Hundí toda mi cara en su sexo, y todo mi dedo en su interior, mientras doblaba las rodillas y las caderas para hincar mi sexo sobre su cara. Pronto sentí su nariz clavarse en mi sexo, y su lengua húmeda y caliente dispensarme todas las delicias que yo le dispensaba a ella. Nuestras manos se concentraban en las nalgas de la otra, aprisionándolas y separándolas para aumentar la apertura de la raja enemiga. Sentía en mi pecho clavarse las rodillas de Leticia.

Me corría enseguida y para provocarme un mayor orgasmo, puse todo mi sexo contra la cara de Leticia, que comprendiendo mi situación, se esforzaba en masturbarme. Me corrí y comencé a balancearme contra el cuerpo de Leticia, y a sentir sus senos a la altura de mi estómago. Tuve un orgasmo fabuloso.

Después de eso, no tuve reparos en introducir un par de dedos en el sexo de Leticia y agitarlos con toda la malicia que sentía. Empezó a brotar su líquido como el néctar en una fruta madura, y empezó a agitarse ella misma debajo de mí, hasta sufrir ella un sonoro orgasmo que no sabía si me causaría problemas, pues ya saben que los vecinos en los pueblos se pasan el día pendientes de lo que el otro hace.

Me propuse enseñar al chico poco a poco nuevas técnicas, pero hacerlo en el recreo era muy arriesgado. Un día me ofrecí a llevarle en el coche. Me desvié por un camino poco transitado y le comenté que iba a recibir otra lección. Como tenía previsto desde el día anterior lo que iba a suceder, ese día me puse una falda ancha y antes de salir del colegio me metí en el servicio y me quité las bragas. -Juan, hoy vas a perderle el respeto a las mujeres, trae la mano.- Se la cogí y la coloqué sobre mi sexo, por encima de la falda. Pude sentir su presión sobre mi sexo, por su mano inexperta.

Me alcé la falda y vi la cara del chico extasiado ante la vista de mis muslos desnudos. Le cogí la mano timorata y la introduje por debajo de la falda, hasta ponerla en contacto con mi sexo. Le fui cogiendo la mano y explicando cada parte de mi anatomía mientras el contacto con su mano me iba excitando.-Ves, estos son los labios… y esto es… el clítoris… esta es la rajita por donde tienes que… meterlo… trae un dedo… venga-

El dedo de Juan se introdujo en mí levemente pero lo suficiente como para empezar a excitarme un montón y mojárselo. Bueno, era positivo para lo que yo quería. Me fijé entonces en lo abultado de su bragueta y en una pequeña mancha que sin duda era fruto de su propia excitación. Le dije que se sacara el pito, se hizo el remolón pero al final estaba allí, recto, vertical y desafiante.

Me pareció un polo de fresa que no podía dejar de probar, así que me agaché contra él y me lo metí en la boca y empecé a lamerlo y chuparlo, mientras sentía su mano en mi sexo, esforzándose por no abandonar tan delicioso lugar.

No tardé en empezar a sentir brotar el semen de Juan como la lava de un volcán y estrellarse contra mi garganta. La verdad es que no quería ensuciar el coche, por eso no solté su miembro de mi boca hasta que no terminó de eyacular. Yo no me corrí. Me quedé muy caliente y al llegar a casa me tuve que masturbar. Me masturbé pensando en Leticia y Juan. Me imaginé comiéndole el chocho a Leticia mientras Juan me la metía. Utilicé para ello a “Manolo”. Manolo es un viejo amigo. Es un pene postizo que compré en un sex shop en Torremolinos.

El curso finalizaba. Sabía que pronto me tendría que marchar así que decidí aprovechar la situación y forcé de alguna manera a que Leticia me invitara a su casa ese fin de semana. Acepté encantada.

El viernes por la tarde me trasladé a su casa con un pequeño equipaje en el que llevaba una sorpresa. Tenía que presentarle a “Manolo” a Leticia. En casa de Leticia sólo había dos dormitorios, por eso Leticia pensó que no se extrañaría Juan si me invitaba a dormir en la cama que antes había compartido su hermano.

Bueno, decir que busqué una oportunidad para hablar a solas con Juan y decirle que era muy importante que nos espiara, pues aprendería un montón si lo hacía. Juan me dijo de qué manera se podía hacer. Juan era un chico muy listo y había hecho un agujero disimulado en la pared por donde veía como Leticia se desnudaba e incluso la había visto follar con su hermano. Tenía hecho otro agujero en la ducha. Tenía la casa convertida en un observatorio.

Bueno, decir que esa tarde del viernes al igual que los otros días que vinieron fueron para mí unos momentos deliciosos, pero de noche, se convirtieron en un auténtico festival de sexo .

Efectivamente, pasamos la tarde en casa y dimos un paseo las dos por los alrededores de la casa, pero cuando nos pusimos a cenar, y tras la llegada de Juan, que tras comer rápidamente se fue a su cuarto, decidimos acostarnos.

Leticia se cambió delante mía. Se quedó en bragas y luego se puso el camisón. Yo fui más directa y me desnudé despacio delante de ella que me miraba absorta. Me metí en la cama y comencé a besarla y a agarrarla de la cintura. Le intenté quitar el camisón, bajándole los tirantes, pero apenas si el camisón bajaba hasta la altura del pecho, entonces le cogí el pecho y lo subí para a lamerle los pezones. Estaba convencido de que Juan me observaba en el otro lado, así que me porté impetuosamente, como lo hacen los hombres.

Tiré las sábanas al suelo para que quedáramos totalmente a la vista de Juan. Y subí el camisón. Me excitaba saber que Juan me estaría viendo el culo y cómo me follaba a su cuñada. Luego, con fuerza, bajé de las bragas de Leticia por las piernas hasta que se desprendió de ella. Entonces en coloqué sobre ella y comencé a clavarle mi muslo en su sexo. No tardé en sentir su pierna en mi sexo. Comenzamos a frotarnos mutuamente. Mi muslo se llenó de ella lo mismo que ella de mí.

Entonces le agarré el sexo y comencé a introducir mis dedos para masturbarla. Aquello la pilló desprevenida y no pudo responderme de la misma forma. Se limitó a agarrar mi mano profanadora y musitar. Cuanto más se introducían mis dedos en ella, más me clavaba el muslo y cuanto más lo hacía ella, más le clavaba yo a ella el mío. Leticia se corrió en mi mano, pero había conseguido calentarme mucho.

Así no me podía quedar. Estaba orgullosa porque seguramente Juan habría observado que a al mujer hay que dominarla para hacerle el amor, y que es posible darle mucho placer. Pero quería enseñarle algo más, así que me puse a gatas y fui avanzando hacia Leticia que me esperaba para abrazarme, tras lo cuál, pasé mis piernas por detrás de sus hombros, de manera que mi sexo quedaba justo a la altura de su cara. La agarré de los pelos y me senté despacio sobre ella. Su nariz me rozaba el clítoris como un pequeño pene y su lengua me recorría mi almejita mojada mientras me agarraba las nalgas y me separaba los cachetes para introducir su lengua hasta el final.

Leticia quería seguir la fiesta, pero le advertí que aún quedaba mucho fin de semana por delante. La mañana siguiente fue un despertar de besos y abrazos. Nos vestimos y salimos a pasear por el campo. Comimos. Como ya os he dicho fue todo muy romántico. Pude hablar con Juan el tiempo suficiente como para enterarme de que lo veía todo. Él no sabía que el orgasmo femenino existía. Le dije que vería más esa noche siguiente y que quizás se llevaría un regalito.

Juan se fue de paseo por la tarde y vino para cenar, Nosotras aprovechamos para hablar de nuestra vida. Leticia me contó lo de ella y el hermano de Juan. Las horas pasaban rápidas y esperaba deseosa la llegada de la noche. Le conté a Leticia que tenía un capricho, Debía ponerse una venda en los ojos y dejar que la atara las manos al cabecero de la cama.

-¿No me harás daño?- En absoluto. Además, Juan no me dejaría. Está enamorado de ti, ¿Sabes? – Leticia sonrió como pensando que eran imaginaciones mías y no me contestó.

Nos acostamos horas después siguiendo la misma tónica que el día anterior, solo que esta vez las dos nos desnudamos al unísono y comenzamos a acariciarnos. Nos sobábamos la una a la otra pacientemente, sin precipitarnos, pero cada vez con mayor pasión. Sólo pensar en lo que pensaba hacer esa noche me ponía frenética pero me aguantaba las ganas de hacerla mía esperando llevarla al máximo de delirio a lo largo de la noche.

Cuando estábamos suficientemente calientes, le ordené que se tumbara en la cama, mirando hacia el techo, y comencé a atarle las manos a la cabecera de la cama con unas medias que encontré en uno de los cajones de su mesilla de noche. Me excitaba ver cómo me miraba. Luego le tapé los ojos con otras medias que encontré. Entonces comencé a ser yo la única seductora. Disfruté enormemente mordiendo sus labios, sobando sus tetas y pellizcando sus pezones que se estiraban y endurecían entre mis dedos. Lamí sus pezones hasta sentir su espalda crisparse por el placer. Jugaba con ellos, hasta que eran ellos los que buscaban mi boca para seguir jugando.

Su sexo se ofrecía como un pastel. Pensé penetrarla con los dedos pero me acordé de que quería hacer participar a Juan, así que coloqué mi boca delante de su sexo y empecé a jugar de la misma manera, jugando con su clítoris como antes lo había hecho con sus pezones. Pronto su clítoris también buscaba el contacto de mis labios para seguir jugando, para pedirles que siguieran proporcionando el placer que de nuevo hacía que Leticia encorvara el lomo.

Leticia estaba muy caliente ya así que hice un gesto hacia una de las paredes que esperaba que Juan entendiera. Tuve que repetir el gesto un par de veces, pero al cabo del tiempo, el muchacho apareció por la puerta, que abrió silenciosamente sin hacer ruido. Pude ver una mancha inconfundible en sus calzoncillos. El chico se había corrido viéndonos. Coloqué al chico donde Leticia no fuera consciente de su presencia y le cogí la mano para llevársela al sexo de Leticia.

El chico era inexperto así que le iba ayudando y diciéndole cosas al oído, unas veces a él, otras a Leticia, para distraer su atención y que no descubriera a Juan. Le separé los labios del chocho a Leticia y le animé a Juan a que acariciara y tomara su clítoris. Juan observaba extasiado como aquello crecía y provocaba que Leticia se convulsionara contra su mano. Después le animé a que Juan le metiera el dedo en el sexo. Juan lo metía tímidamente y apenas un dedo. Yo le exhortaba pero temía que Leticia nos oyera, así que le cogí la mano y de un tirón le metí el dedo entero. Leticia dio un respingo y gimió.

Juan era un desastre, más en la cama que en la escuela, así que tuve que seguir dirigiéndole. -Ahora mueve el dedo de dentro a fuera y de fuera adentro.- Lo hacía sin ritmo, sin gracia. Tuve que cogerle la mano de nuevo y marcarle el ritmo que debía llevar. Leticia se agitaba ostensiblemente. Su sexo rezumaba humedad y hasta mí llegaba su olor empapado de excitación. De repente, empezó a soltar unos alaridos apagados de placer. Juan parecía no comprender que se estaba corriendo y le tuve que animar a que moviera el dedo más deprisa.

Leticia se corrió, quedándose derrumbada en la cama. Le indiqué a Juan que fuera disminuyendo el dedo con menor fuerza cada vez y lo sacara. Me pude fijar que Juan se había vuelto a excitar con aquello. Me entraron ganas de follar con un hombre… -Ya te enseñaré yo – Le dije cuando se iba hacia fuera de la habitación, con un gesto en la cara entre sorprendido, orgulloso y un poco confundido.

Leticia estaba ante mí desparramada en la cama. Su sexo se abría por la posición de las piernas, abiertas de par en par. Hice algo que había visto en las revistas y era una de mis fantasías. La follé con mis pezones. Me cogí el pecho por detrás para que no se desparramara y me fui acercando a ella hasta sentir la humedad de su raja y el roce de su bello en la suave piel del pecho. Entonces comencé a restregar mi seno por su raja mientras mi otro pecho se restregaba contra la suave piel interior de sus muslos.

Comencé a sentir una humedad nueva que brotaba del sexo de Leticia y me mojaba el pezón y la aureola, a la vez que sentía mi propia humedad desbordarme. Mi seno se resbalaba cada vez con mayor facilidad en su raja y mi sexo deseaba el contacto de su piel, así que lo busqué en la única zona donde podía llegar, que era el empeine de sus pies, que me parecía insuficiente, así que cambié de posición.

Me tumbé en la cama como ella, mirando a la pared, con la misma dirección pero en sentido contrario y metí una de mis piernas entre las suyas. De esta manera yo tenía una de mis piernas encima suya y ella, otra encima mía. Comencé a acercarme a ella hasta acoplar mi sexo contra el suyo e intercambiar nuestras humedades. Nuestros vellos parecían seda al estar pringados del líquido de nuestros sexo, que se intercambiaban, lo mismo que se intercambiaban los roces de nuestros labios.

Le cogí de un pié y me llevé sus dedos a la boca, entreteniéndome en lamerlos y metérmelos en la boca como si fueran un chupete. Le extendí mi pierna hasta su cara y le levanté, con un poco de tino, la media de los ojos, para que pudiera vernos, y luego, se lo llevé a la boca, esperando que me prodigara el mismo placer.

Los roces de nuestros sexos no tardaron en convertirse en embestidas. Parecíamos dos toros estrellando nuestros conejos, en lugar de nuestros cuernos, y mugiendo, pero todo ello, a cien por hora. Las dos quedamos tendidas así, después de “sufrir” un orgasmo fenomenal.

No solté a Leticia hasta la mañana siguiente. Me quedé toda la noche acostada a su lado, ahora dormíamos, ahora la acariciaba, ahora la recorría de besos, ahora la transportaba hasta el límite mismo del clímax una y otra vez, hasta que involuntariamente lo traspasábamos y volvíamos a empezar de nuevo.

Nos levantamos muy tarde al día siguiente, como es de suponer. Era casi la hora de comer. Juan estaba fuera de la casa. Leticia lo encontró raro. Comimos, paseamos, en fin, todo muy romántico.

Tuve la oportunidad de ver a Juan a solas y después de intercambiar las impresiones, le dije que no se podía perder lo que ocurriría esa noche. Era una lección muy importante. Juan me sorprendió.- Ya he mirado lo que traes en tu bolso. Te vas a follar a Leticia con el aparato ese.-

-Bueno, Juan. Lo he traído para que veas cómo se hace.- A Juan no le convenció mi argumento. -Yo ya sé como se hace. Los he visto muchas veces a ella y a mi hermano-.

-Entonces, Juan ¿Por qué no haces tú lo mismo?.- Es que me da miedo.- Juan calló. -Ya te quitaré yo ese miedo la semana que viene.- Le dije y le sonreí maliciosamente mientras le agarré la picha por encima del pantalón.

– No es eso, es que además, no sé si Leticia lo querrá hacer conmigo.- Leticia lo está haciendo conmigo. Lo va a hacer con un cacho de goma esta noche ¿No lo va ha hacer contigo?.- Eso fue lo que le respondí.

Leticia me esperaba impaciente desnuda sobre la cama. Se sorprendió al verme salir del baño con una toalla puesta alrededor de la cintura. Me pidió que cerrara la llave de paso del agua de la ducha. Le pedía que se levantara. El agua estaba exquisita esa noche. La agarré de la mano y nos metimos en el baño. Leticia exclamó. -Ohhh-

De la falda había asomado un trozo extraño a mi anatomía. Me arranqué la falda y le dije:- ¡Te presento a Manolo! .-Manolo estaba atado a mi cuerpo por una serie de correas que lo sujetaban firme un poco más arriba de mi sexo. Era de un color carne muy rosáceo y era uno de mis mejores amigos. Lo compré en un sex shop de Torremolinos, un día que una holandesa me pedía desesperadamente consumar una semana de sana amistad. No era muy grande, pero en cambio se escabullía muy bien.

Leticia no dijo nada, pero pude ver en su cara cierta sensación de incertidumbre. Yo la introduje bajo el agua caliente de la ducha. Juan tenía un agujero estratégico justo allí. Comencé a decir a Leticia que se enjabonara, mientras yo cogía la manguerita y dejaba caer el agua por mi busto primero y luego por el suyo, hasta volver a colocar la manguerita en su soporte.

Besé a Leticia con fuerza, con pasión, casi con rabia y luego la agarré de la cintura y la besé de igual manera en los pezones. Quería tomarla de esa forma, como muy posesiva, como muy “machota”. La tomé del pelo y la obligué a ponerse de rodillas delante de mi miembro y a que lo lamiera. Su boca lamía los exteriores de “Manolo”. Veía sus labios comprimidos contra él, y su lengua enroscarse. Luego la invité a que lo metiera en la boca. Leticia era, sin duda una experta comiendo rabos. El hermano de Juan debía de estar muy satisfecho.

Naturalmente, “Manolo” no iba a dar más de sí. Le estiré del pelo para que se incorporara y la puse se espaldas a mí. Su culo estaba contra mi estómago. La llevé contra el extremo opuesto, justo enfrente de donde suponía que Juan nos observaba y Leticia apoyó sus brazos contra la pared. Entonces comencé a dirigir con la mano, mi miembro ortopédico contra el sexo de Leticia. Leticia me ayudó a meterlo, indicando la ruta. El resto fue cosa de ir profundizando poco a poco.

Leticia estaba ensartada por “Manolillo”. Su espalda se encorvaba para ofrecer una trayectoria más fructífera y yo me encorvaba hacia ella para lamerle la espalda mojada, pues hasta allí llegaba el agua y sobarle los costados, las tetas, el vientre y finalmente, el clítoris.

Sentí el momento de empezar a follarla de verdad, y flexionando levemente mis rodillas, comencé a agitarme y a embestir a Leticia. Sentía, por otro lado, su clítoris ardiendo en mi mano, que no se separaba de él. Mi otra mano se movía ahora en el pecho, ahora la introducía en la boca de Leticia que me lamía los dedos, ahora la agarraba del pelo y tiraba de su cabeza hacia detrás para decirle cosas al oído.

Leticia se corrió de una manera escandalosa. Yo rápidamente comprendí que allí ella era más escandalosa porque no tenía el temor de que Juan nos escuchara.

Nos secamos y nos fuimos a la cama. La tumbé en la cama y seguí con mi noche de pasión. Era domingo. Era prácticamente la última semana de curso y tenía que aprovechar. Estuvimos descansando un rato, tras lo cual, comenzamos de nuevo con los besuqueos y los sobes. Yo la agarraba de las manos y me dedicaba a hacer con la boca, buscando cada rincón donde pudiera albergarse un poco de sensualidad, hasta que Leticia volvía a estar lo suficientemente excitada como para no rechazarme a mí ni a mi amigo colgante.

“Manolo” volvió a esconderse donde nadie lo veía, es decir en el interior de Leticia. Yo fundía mis dedos con los suyos, mientras el falo rosáceo se introducía lenta pero inexorablemente en el sexo de Leticia, hasta acoplarnos de nuevo al cien por cien.

Comencé de nuevo el baile copulatorio, soltando sus manos y agarrándome a sus nalgas, que separaba para que mi amiguito entrara y saliera de Leticia con toda la libertad que la ocasión requería. Leticia mientras se debatía debajo de mí y tan pronto me acariciaba la espalda como estiraba de mi pelo, tan pronto me acariciaba la cabeza como podía sentir las uñas sobre mi espalda, lo que hacía que encorvara mi espalda e introdujera el falso pene todo lo que podía y más.

Leticia me sorprendió pidiéndome que le dijera cosas cochinas. Yo accedí – ¿Te gusta que te follen? ¿Qué te gusta más? ¿Qué te folle un hombre o una mujer? – Leticia parecía disfrutar increíblemente con aquello.- ¿Te gustaría que te estuviera follando Juan ahora mismo? – Leticia callaba y movía su cabeza desconsoladamente, esperando la llegada de un nuevo orgasmo. Al cabo del rato empezó a susurrarme nerviosamente .-¡Me viene!¡Me viene!¡Me vieneeeee….Ohhh…Ohhh…Ohhh!-

Agité mis caderas todo lo rápido que pude, haciendo que el pene postizo entrara profundamente y saliera casi por completo. Leticia tuvo un orgasmo larguísimo.

Yo por mi parte había dada por terminada la noche. Nos besamos y nos abrazamos. Luego bromeamos y no se cómo surgió una broma. -Pero Leticia, si tu no me quieres- Que sí te quiero- Que no me quieres.- Al final, Leticia dijo.- Ahora verás.-

Leticia bajó directamente a mi pecho y comenzó a lamerlo y a conseguir excitarme de nuevo, mientras con la otra mano agarró primero el falso pene como queriendo masturbarlo, pero luego, se dirigió a mi sexo y comenzó a acariciar mi clítoris. “Vaya, parece que he enseñado a esta chica bastante bien” Pensé.

Por fin se atrevió a meterme el dedo en mi rajita, totalmente húmeda por la excitación de las dos folladas que le había hecho a Leticia y las caricias que recibía. Me sumí en un orgasmo ligero pero muy duradero, pues Leticia no dejó de acariciarme hasta que orgasmo no quedó completamente consumido.

Entonces, Leticia se sentó sobre mi y cogiendo a “Manolo” de la cintura, se lo introdujo en el sexo. Observé como mi miembro ortopédico desaparecía dentro de ella, hasta que nuestros muslos quedaron en contacto. Leticia me acariciaba mi estómago y mis senos, mientras comenzaba a mecerse encima mía.

Su movimiento parecía el de una barca al capricho de las olas, al capricho de un mar cada vez más agresivo, más violento. Leticia echaba la cabeza hacia detrás, como implorando a Neptuno que la tormenta se aplacase, pero no fue hasta que la marinera naufragó hasta que el oleaje no se aplacó.

En efecto, Leticia se corrió más sonoramente de lo que lo había hecho en el cuarto de baño, y tras agitarse encima mía como una loca, quedó tumbada, besándome los senos nuevamente, como si fueran la cara tierna de un bebé.

Me despedí de Leticia por la mañana, casi con la certeza de que no volvería a hacerla mía, como así ocurrió.

Me quedaba un asunto pendiente con Juan, así que unos de los días de la semana, el miércoles, le ordené que se quedara al final de la clase, pues quería hablar con él. Fue obediente, como pocas veces lo era. No sé. Creo que empezó a comprender que le era más provechoso hacer caso a los mayores. Le dije que si me hacía un trabajo en estos días que quedaban hasta el final de curso, lo aprobaría. Era el resumen de un libro que tenía en la casa. Fuimos a mi casa y allí le comenté el auténtico motivo de mi invitación:

– Juan. Vas a aprender a montar a una hembra, vete desnudando- Juan, como digo, se había vuelto mucho más obediente. Todos habíamos notado un cambio muy importante de actitud. No tardamos en desnudarnos. Los ojos de Juan se clavaban en mis tetas. Cogí de mi bolso un preservativo y le dije. – Toma, ponte esto.-

El chico miró aquello con extrañeza. Me imaginé que era la primera vez que lo veía, así que se lo puse yo misma. Comencé a cogerle el pito que crecía considerablemente y a hacerle cosquillas en los testículos. El chico me respondía tímidamente al principio, cogiéndome las tetas y besándolas, pero no tardó en llevar a efecto lo que le había enseñado.

Primero nos tumbamos en la cama y luego, el chico se puso encima mía. Abrí las piernas para recibirle. De repente se volvió muy impetuoso, queriéndome meter la picha sin más. Le dije que eso no debía ser así. Primero tenía que prepararme. Le llevé las manos a mi almeja para que me acariciara. Juan me acariciaba toscamente, pero era delicioso. Luego comenzó a profanar mi intimidad, con mucho más tino de lo que lo había hecho en el coche. Sus labios mientras, se posaban en mi pecho, intentando tragárselo entero.

Decidió probar suerte ahora y se encontró con que yo estaba deseando recibir su miembro erecto ahora. Su miembro era delgado y ágil como él. Me penetraba mientras me agarraba de las nalgas y seguía succionado de mi pecho. Me penetró rápidamente y rápidamente comenzó a moverse encabritadamente. Pude darme cuenta de que se había corrido.- ¡No dejes de moverte!¡No lo dejes! Le gritaba. No tardé mucho más en correrme. No fue un gran polvo, pero por lo menos el chico había aprendido lo fundamental y salía muy orgulloso de la casa, con el libro prometido en la mano.

Las clases finalizaron. Yo no volví al pueblo hasta la evaluación. Era sorprendente cómo Juan consiguió enmendarse en las últimas semanas. Me iba a ir cuando pude ver a Leticia y a Juan en el patio. Leticia le pidió a Juan, por favor, que le esperara, que quería hablar conmigo. Nos miramos tiernamente a los ojos nos despedimos dándonos un beso en la cara que pretendía ser algo más. Por fin le comenté el cambio de Juan. Leticia miró hacia abajo sonrojada. Al final me confesó.

-¿El cambio? ¡No te lo puedes ni imaginar! Fue irte tú del pueblo y empezó a perseguirme de mala manera. Me lo tenía que espantar con matamoscas. Se me presentaba en la ducha. Un día hasta se metió. ¿Sabes qué hizo? ¡Obligar a que se la mamara! Bueno, pues esa fue mi perdición, por que al día siguiente, mientras lavaba los platos, se puso detrás mía, me levantó la falda y me masturbó con el dedo. Al día siguiente, a las dos de la mañana se presentó en mi cama y me obligó a follar con él.-

Todo eso no me extrañaba en absoluto, pero no esperaba que Leticia se le entregara con tanta facilidad. -Bueno, Leticia y ¿Por qué no lo has evitado?.- Bueno, es que…en fín… creo que nos vio. El muy cabroncete me hace chantaje-

Leticia iba tras Juan, pidiéndole que la esperara, Juan parecía mucho mayor ahora que hace unas semanas. Pasé por casa de Leticia para despedirme pero no llegué a hacerlo, pues al ir a tocar el timbre, me pareció escuchar algo. Puse mi oreja contra la puerta y escuché a Leticia, gritando de placer.

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